

Las crisis existenciales no afectan a los lugares ni a los tiempos. Solamente afectan a las personas. Es necesario tener esto en cuenta al tratar de entender la realidad que nos afecta y que hace referencia a finanzas, empresas, trabajo, instituciones y comunidades, que trae como consecuencia indeseada mal humor, bolsones de pobreza y rebeliones inesperadas.
Cicerón se quejaba de lo mismo hace un poco más de dos mil años, cuando exclamaba: “O tempora, o mores” (tiempos y costumbres), añorando igualmente un mejor pasado. El filósofo, maestro y jurisconsulto romano se anticipaba así a lo que hoy nos acontece y que muchos atribuyen a la fatalidad del desempleo, de la baja de la producción, de la inflación y de las estructuras políticas, de la inmigración, del exceso de turistas y otros etcéteras. Todo lo que afecta al hombre es por causa de los propios hombres, que, en lugar de gobernar la naturaleza con sabiduría, lo hacen con negligencia e incluso con villanía. En lugar de dirigir la naturaleza hacia el hombre, lo hacen al revés. Y el error multiplicado desemboca en lo que llamamos ruina ecológica, caos sistémico o simplemente bancarrota moral.
No hay crisis económica ni en Europa, ni en América. Nunca había habido mayor cantidad de bienes y servicios que los que hoy tenemos. Lo que hay es déficit moral en las personas todas, dirigentes y dirigidos. El ansia irreprimible de poder y de dinero dificulta el cultivo de los criterios morales. Unos y otros hacemos poco esfuerzo por perseguir lo que es bueno para todos, pretendiendo hacer solo lo que es bueno para uno mismo o para sus parientes y amigos. El resultado está a la vista: desorden, confusión de roles, corrupción, violencia, latrocinio, violación y todo el resto de “mandamientos” quebrados.
Y aunque suene a extraño, me atrevo a decir que aún quedan los otros mandamientos, los que se refieren a la relación del hombre con Dios, que han sido igualmente defenestrados, lo que, unido al desconcierto moral, produce el caos que llamamos” crisis social, política y económica” del mundo. Está claro que la crisis que todos reconocemos no es una fatalidad sin origen conocido, es simplemente un pecado con todas sus letras y consecuencias que se comete en los hogares y las escuelas, donde se puede moralizar. Cuando el hombre se olvida de Dios, termina olvidándose también del hombre y de la naturaleza. Lo dijo hace unas décadas un santo pontífice de la Iglesia. No hay que desesperar, todo tiene arreglo. No es fácil, ni rápido, ni barato. Tenemos que encargar a padres y madres que eduquen a sus hijos, a maestros e instructores que orienten a sus pupilos, a inventores, comerciantes y agricultores que sirvan bien y cobren lo que es justo, a los creyentes que crean de verdad y ajusten creencia y moral y, finalmente, si es posible encontrar algunos buenos candidatos que nos gobiernen con sabiduría, prudencia, fortaleza y templanza, mejor que mejor.
Efectivamente la crisis de nuestro tiempo tiene remedio, pero habrá que tener paciencia hasta que se eduquen nuevas generaciones. En treinta o cuarenta años más, es posible que se arregle un poco el mundo, aunque ciertamente será difícil, costoso y sufrido, si no le ponemos remedio en los hogares, las escuelas, los campos, los regimientos y las iglesias. Así de sencillo y también así de difícil. Educar significa llevar a los niños y a los jóvenes hacia metas más altas de humanidad con visión larga de un destino honorable. Si arreglamos al mismo tiempo hogares y escuelas, es posible que algo cambie para bien de todos. El mundo necesita padres y maestros buenos, sabios y vocacionados. Todo lo demás vendrá por añadidura.