

Sí, amigos…, como lo oyen. Los ingleses, que son muy suyos, quisieron hacer Juegos Olímpicos. En plena Edad Moderna. Cosa de un tal Robert Dover, abogado (los abogados es que tienen ideas rarísimas). Esta idea contó, incluso, con aprobación real. Comenzaron en la década de 1620, y se disputaban jueves y viernes de Pentecostés, cerquita de Chipping Campden, en plenos Cotswolds. De hecho, así se conocen a día de hoy: Cotswolds Games.
Sobre las intenciones de Dover no hay consenso. Unos dicen que quería preparar muchachos para la milicia, otros que pretendía mofarse de santurrones y piadosos, que eran muy de prohibir ejercicios físicos o similar. Sea como fuere…, carreras a pie y a caballo, cacería con sabuesos, lanzamiento de almádena (que es un mazo para cascar piedras…, vamos, lanzamiento de martillo), saltos, bailes (no hay constancia de coreomanías entre participantes), esgrima, luchas con maza, con palos y cuerpo a cuerpo y cualquier cosa que a usted pueda ocurrírsele. Porque aquí, amigos, venimos por el divertimento, vale, pero también por las apuestas, por meterle diez peniques a aquel fortachón, el del bigote frondoso, por tirar dados y confiar en el azar de los naipes, ya que el juego, el dinero y el deporte siempre han ido de la mano. La sede estaba en el llamado Castillo de Dover, una estructura de madera más temporal que las casas prefabricadas y desde donde se lanzaban cañonazos y cachondeo para anunciar el comienzo del asunto. Vamos, que parecía todo más Takeshi’s Castle que la antigua Olimpia. Además, los árbitros eran unos tipos a quienes se llamaba sticklers, que significa ‘puristas’. Piensen en algunos referís españoles, y razonen si lo de «puristas» cae bien…
Digamos que duró poco rato, porque la guerra civil se lo llevó por delante. Luego volvió, pero empezó a declinar su estética, derivando en embriaguez, peleas de paletos y violencia sin control. Llegaron a acudir hasta 30.000 personas: 30.000 paisanos con ganas de birra y gresca. Vamos, un evento deportivo estándar. Así hasta mediados del siglo XIX, cuando una nueva tanda de enclosures privatizó aquellos praos (hoy es distinto: son las ciudades quienes ceden terreno a clubes para que hagan estadios tochos), y el asunto cayó en el olvido. Y como poco más tarde resucitaron los Juegos «de verdad», pues…
Eso sí, para 1966 se reorganizaron estos Cotswolds. Y con todo lujo de detalles, oigan. Si quieren ustedes rusticidad…, joder, les daremos rusticidad en vena. Ahora hay sogatira, motocrós, competiciones de destrozar pianos (lo prometo), shin-kicking (deporte que consiste en pegarle patadas al contrario más abajo de la rótula), danza Morris (coreografía con palos) y dwile flonking (una marcianada que consiste en bailar alegremente mientras el otro equipo intenta darte hostias bien gordas con un trapo empapado en birra). Me encanta. Vivan los Cotswolds, colega…, esas Olimpiadas donde hasta los fiesteros gorditos podríamos competir.
Posdata: dos elementos literarios. Shakespeare habló de los Cotswolds. Fue en Las alegres comadres de Windsor. Bueno, vale, quizá es interpolación posterior, pero todo lo que toca el bardo se vuelve eterno, así que… Y segundo: en 1976 los Cotswolds tuvieron la más hermosa, cruenta y delirante competición que nunca jamás hayan visto los ojos humanos. Porque allí, pueden creerme, se celebró una competencia… de poesía. Lo juro. Poesía.
Si es que los Cotswolds molan muchísimo.
Fuente: Príncipes y esclavos.