Leer es, sin duda, un placer accesible a todos, sin acepción de sociedad, cultura, economía o religión a la que pertenezcamos. El que lee ordenada y constantemente cultiva y cosecha otra de las muchas pequeñas virtudes que engrandecen y facilitan la vida. No solo leemos para nosotros mismos; nos ilustramos para dar un poco más de lustre a nuestras vidas y entretenimiento e intercambio con nuestros próximos.

    Toda persona que escribe, aunque no alcance a darle difusión universal a su pensamiento, contribuye al acervo común de la humana sabiduría, aunque hay algunos que hicieron del escribir, dada una inteligencia preclara, un regalo que todos podemos admirar, administrar y utilizar en nuestras vidas de seres inteligentes, sensibles y abiertos a la trascendencia.

    Enmanuel Kant, que nació hace exactamente tres siglos, fue uno de estos hombres singulares, al que podemos colocar en el top ten de la humanidad junto a Platón y Aristóteles, a Tomás de Aquino y Cervantes, a Dante y a Pascal, entre otros. En estos días tengo el enorme placer de leer y releer algo de todos ellos y de todos ellos cosecho pensamientos, reflexiones, axiomas que alimentan mis escritos semanales. Creo que nuestro conocimiento es una porción de la gran sabiduría dispersa y gratuita que vive alrededor nuestro desde los textos que leemos.

    Me encuentro con esta frase del filósofo prusiano que me deja pensando y que brindo a mis lectores desde su obra cumbre “Crítica de la razón pura”, escrita en 1781: “Solo por medio de esta crítica pueden cortarse de raíz el materialismo, el fatalismo, el ateísmo, el descreimiento de los librepensadores y la superstición que pueden ser universalmente dañinos”.   Naturalmente que esta afirmación, en la mente y pluma de Kant tiene un valor superior, porque procede de una de las mentes más agudas y clarividentes que ha producido el género humano. Aunque la lectura del filósofo, -él mismo lo reconoce- no tiene la ligereza e incluso belleza literaria de muchos de sus contemporáneos, la firmeza de su verdad sobre los tres grandes temas que él mismo reconoce como esenciales– Dios, la libertad y la trascendencia de la otra vida-, es reconfortante para el lector.

    Para quienes recibimos el don de la fe y tratamos a tientas de seguir el evangelio, una lectura de este calibre y envergadura  es una chispa de sabiduría e incluso de gracia que obliga a agradecer, celebrar y reforzar el pilar racional de la existencia en el espíritu.

    La pequeña virtud de leer es siempre recomendable, aunque no siempre tengamos la suerte de encontrarnos con semejantes tesoros. Los que quieran leerlo, pueden hacerlo desde un simple computador (ordenador). Como todo lo bueno del espíritu es, por añadidura, gratuito. Lean a Kant. Es un homenaje al hombre que fue y un banquete espiritual para quien lo admira  y escucha desde las letras. Recomiendo su breve tratado sobre Lo bello y lo sublime y la paz de las naciones, de fácil lectura, rico en temas trascendentes y además de total actualidad.  Leerle es el mejor homenaje que podemos hacer a un hombre sabio y bueno que vivió hace trescientos años. 

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