La vida de Nikola Tesla empieza con una casa llena de libros, una madre que fabricaba artilugios domésticos sin haber pisado una escuela técnica y él mismo como niño que parecía vivir con un pie en la realidad y otro en un mundo de imágenes mentales muy vívidas. Todo arranca con un chaval frágil, enfermizo, pero brillante y devorador de conocimiento, que convirtió su disciplina y obstinación en una revolución eléctrica.

Tesla nació el 10 de julio de 1856 en Smiljan, una localidad que hoy pertenece a Croacia, pero que entonces formaba parte del Imperio austrohúngaro. Tesla fue el cuarto de cinco hijos. Tenía tres hermanas, Milka, Angelina y Marica, y un hermano mayor llamado Dane, quien falleció en un accidente de equitación cuando Tesla tenía cinco años. Su padre, Milutin Tesla y su madre, Đuka (Georgina) Madić, eran de familia serbia, por lo que el pequeño Nikola creció en una zona atravesada por tensiones políticas y culturales, un borde del mapa europeo donde la identidad y la lengua no eran un asunto trivial.

En casa, sin embargo, el ambiente era intensamente intelectual con una gran biblioteca en casa. Él atribuía a su madre buena parte de su inventiva; era una mujer con una habilidad manual extraordinaria, capaz de crear herramientas y dispositivos para facilitar el trabajo doméstico. Así que Tesla heredó de ese pequeño laboratorio que era su casa, dos fuerzas, tanto la palabra como la inventiva mecánica.

Tesla, fascinado por modelos mecánicos y turbinas de agua, construía pequeñas versiones y disfrutaba viéndolas funcionar. Años más tarde contaría que, al leer una descripción de las cataratas del Niágara, se imaginó una gran rueda movida por la caída de agua y anunció que algún día iría a América para hacerlo realidad (estaba muy interesado en la energía de las cascadas). Curiosamente, décadas después, su trabajo acabaría ligado al aprovechamiento hidroeléctrico a gran escala.

En su época de estudiante, mostró un gran interés por las matemáticas, la ingeniería y las ciencias. El pequeño Nikola Tesla no solo encajaba en el molde típico del alumno brillante, sino que encajaba demasiado. Era capaz de hacer cálculo integral mentalmente, algo que llevó a sus profesores a sospechar que copiaba, hasta que los docentes comprendieron que no había truco ni hacía trampas. Tenía una mente prodigiosa. Esa capacidad está relacionada también con su excepcional memoria, a menudo descrita como fotográfica. Sí que estaba clara su habilidad para memorizar textos completos (se sabía libros enteros de memoria).

Un capítulo importante de su juventud fue cuando contrajo cólera; era aún adolescente y estuvo gravemente enfermo. Es más, con 17 años, la enfermedad lo llevó al límite y, en ese contexto, obtuvo una concesión decisiva: su padre prometió que, si sobrevivía, le permitiría estudiar ingeniería en la Universidad Politécnica de Graz. Nikola estuvo hasta nueve meses en cama. Finalmente, tras sobrevivir a la enfermedad, el camino hacia la ingeniería estaba abierto.

Su iniciación en la ciencia de la electricidad se produjo mientras estudiaba en el Higher Real Gymnasium donde se encontró con un programa de física avanzado. Esa primera chispa fue el inicio de una fascinación con un fenómeno que, en aquel siglo, aún tenía algo de magia pública.

Más adelante, ya en la Politécnica de Graz (que empezó en 1875) y tal y como le había prometido su padre, llega una escena que servirá de preludio del gran Tesla. En una clase, un profesor muestra una dinamo de Gramme con corriente continua y conmutadores que provocaban chispas. Tesla sugiere que quizá se podría eliminar ese sistema ineficiente… y el profesor lo ridiculiza, comparándolo con una máquina de movimiento perpetuo. Abandonó la carrera en su tercer año sin obtener un título. Nunca se graduó en dicha universidad. Pero la semilla estaba puesta desde una infancia en la que él pensaba en máquinas cuando los otros pensaban en juegos.

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