“Somos un modelo a seguir”

El discurso fúnebre de Pericles en 431 a.C. se convirtió en un ejemplo de patriotismo y exaltación de los valores democráticos que habían originado la grandeza alcanzada por Atenas.

“Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un modelo a seguir”. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría, es democracia”.

Estas palabras fueron pronunciadas por el insigne político ateniense Pericles ante sus conciudadanos a finales de 431 a.C., durante los funerales públicos para honrar a sus compatriotas muertos durante el primer año de la guerra del Peloponeso. El alegato acabó convirtiéndose en una encendida defensa del sistema político singular que regía Atenas, en el que nadie estaba por encima de su vecino y la soberanía residía en el cuerpo de ciudadanos asistentes a la asamblea, que tomaban sus decisiones por mayoría con sus votos.

El discurso fúnebre de Pericles fue recogido en la Historia de la guerra del Peloponeso por el historiador Tucídides y se ha convertido en un ejemplo de patriotismo y exaltación de los valores democráticos que habían originado la grandeza alcanzada por su ciudad.

En primer lugar, Pericles esbozó una perfecta definición de la isonomía o igualdad ante la ley, un concepto completamente vigente a día de hoy: “Vivimos como ciudadanos libres y […] no sentimos irritación contra nuestro vecino si hace algo que le gusta […] Si en nuestras relaciones privadas evitamos molestarnos, en la vida pública, un respetuoso temor es la principal causa de que no cometamos infracciones, porque prestamos obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y principalmente a las que están establecidas para ayudar a los que sufren injusticias”.

Pericles realiza un encendido elogio de la personalidad de los atenienses: “Las mismas personas pueden dedicar a la vez su atención a sus asuntos particulares y a los públicos”, asevera Pericles, “y gentes que se dedican a diferentes actividades tienen suficiente criterio respecto a los asuntos públicos”.

“A quien no toma parte en estos asuntos lo consideramos no un despreocupado, sino un inútil, afirmaba Pericles sobre la necesidad de que la ciudadanía se implicase en el gobierno de la ciudad: “Nosotros cuando menos damos nuestro juicio, porque, en nuestra opinión, no son las palabras lo que supone un perjuicio para la acción, sino el no informarse antes de proceder”, sentenciaba

Una igualdad que afectaba hasta a los más altos magistrados: “En la elección de los cargos públicos no anteponemos las razones de clase al mérito personal y tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social si está en condiciones de prestar un servicio a la ciudad”. Porque, según Pericles, “entre nosotros no es un motivo de vergüenza para nadie reconocer su pobreza, sino que lo es más bien no hacer nada por evitarla.

La grandeza de este sistema político había llevado a Atenas a un momento de prosperidad material y espiritual nunca antes conocido: “Hemos procurado a nuestro espíritu muchísimos esparcimientos. Tenemos juegos y fiestas durante todo el año, y casas privadas con espléndidas instalaciones, cuyo goce cotidiano aleja la tristeza. Y gracias a la importancia de nuestra ciudad todo tipo de productos de toda la Tierra son importados”.

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