

La función del arte /2
El pastor Miguel Brun me contó que hace algunos años estuvo con los indios del Chaco paraguayo. Él formaba parte de una misión evangelizadora. Los misioneros visitaron a un cacique que tenía prestigio de muy sabio.
El cacique, un gordo quieto y callado, escuchó sin pestañear la propaganda religiosa que le leyeron en lengua de los indios. Cuando la lectura terminó, los misioneros se quedaron esperando.
El cacique se tomó su tiempo. Después, opinó: —Eso rasca. Y rasca mucho, y rasca muy bien. Y sentenció: —Pero rasca donde no pica.
Profecías /1
En el Perú, una maga me cubrió de rosas rojas y después me leyó la suerte. La maga me anunció:
—Dentro de un mes, recibirás una distinción.
Yo me reí. Me reí por la infinita bondad de esa mujer desconocida, que me regalaba flores y augurios de éxitos, y me reí por la palabra distinción, que tiene no se qué de cómica, y porque me vino a la cabeza un viejo amigo del barrio, que era muy bruto pero certero, y que solía decir, sentenciando, levantando el dedito; “A la corta o a la larga, los escritores se hamburguesan” Así que me reí; y la maga se rió de mi risa.
Un mes después, exactamente un mes después, recibí en Montevideo un telegrama. En Chile, decía el telegrama, me habían otorgado una distinción. Era el premio José Carrasco.
Celebración de la voz humana /3
José Carrasco era un periodista de la revista Análisis.
Una madrugada, en la primavera de 1986, lo arrancaron de su casa. Pocas horas antes había ocurrido el atentado contra el general Augusto Pinochet. Y pocos días antes el dictador había dicho:
—A ciertos señores los tenemos en engorde.
Al pie de un muro, en las orillas de Santiago, le metieron 14 balazos en la cabeza. Fue al amanecer, y nadie se asomó.
El cuerpo estuvo allí, tirado, hasta el mediodía.
Los vecinos nunca lavaron la sangre. El lugar se convirtió en santuario del pobrerío, siempre cubierto de velas y flores, y José Carrasco se hizo ánima milagrera. En el muro, mordido por los tiros, se leen las gracias por los favores recibidos.
A principios de 1988 viajé a Chile. Hacía 15 años que no iba. Me recibió en el aeropuerto, Juan Pablo Cárdenas, el director de Análisis.
Condenado por agravios al poder, Cárdenas dormía en la cárcel. Todas las noches, a las diez en punto, entraba en prisión y salía con el sol.
Fuente: Eduardo Galeano