Este oficio marcaba las noches en España. Ellos eran los guardianes nocturnos y custodios de llaves en pueblos y ciudades. Su silbato, su farol y su voz forman parte de la memoria urbana española.

Hubo un tiempo en que la noche tenía voz. Era una voz humana que recorría las calles oscuras y cantaba: “¡Las doce y sereno!”. Quien pronunciaba esas frases era el sereno, una figura esencial de la vida urbana española durante más de dos siglos. Vigilante, portero nocturno, farolero, mensajero ocasional e incluso auxiliar en emergencias, el sereno fue uno de esos oficios humildes cuya desaparición nos dice mucho sobre cómo cambió la ciudad moderna.

¿Quiénes eran los serenos y qué hacían?

Los serenos eran vigilantes nocturnos encargados de cuidar las calles, controlar el alumbrado, abrir portales a los vecinos y dar aviso en caso de altercados, incendios o emergencias. En muchas ciudades también anunciaban la hora y el estado del tiempo atmosférico, lo que explica el origen de su nombre. Cuando la noche estaba despejada, el parte era sencillo: “sereno”. Y como en buena parte de España esa era una respuesta frecuente, acabó bautizando al oficio.

Su trabajo iba mucho más allá de una simple ronda de noche. Tenían las llaves de los portales de su demarcación, de modo que cualquier vecino que llegara tarde, hubiera olvidado la llave o no pudiera abrir, recurría a ellos. Bastaba con dar unas palmas, gritar “¡sereno!” y el sereno acudía, abría y, muchas veces, recibía una propina. Era una especie de conserje, vigilante de barrio y servicio de emergencias cercano.

El origen del sereno

Aunque existen referencias tempranas desde 1715, muchos historiadores sitúan la organización moderna del oficio en Valencia en 1777, donde el alcalde Joaquín Fos impulsó un cuerpo de serenos para dar trabajo a antiguos operarios de la pirotecnia, los llamados coheteros, afectados por restricciones a su actividad. Desde allí, el modelo se extendió a otras ciudades españolas.

En Madrid y otros núcleos urbanos, la figura del sereno se fue consolidando entre finales del siglo XVIII y el XIX, a menudo vinculada también al alumbrado público. No es casual que en algunos lugares se solapara con el oficio de farolero. Antes de la generalización de la luz eléctrica, la noche urbana requería encender y supervisar faroles y patrullar las calles.

La etimología del oficio es una de sus facetas más pintorescas. Los serenos cantaban la hora y el tiempo en voz alta mientras patrullaban. Frases como “¡Las cinco y lluvioso!” permitían a quienes estaban despiertos -o quizá desvelados- saber qué estaba ocurriendo fuera sin necesidad de asomarse. En una época sin relojes accesibles para todos y sin previsión meteorológica doméstica, constituía un auténtico servicio público.

La ronda de noche

El sereno iba ataviado normalmente con gorra de plato, gabán o capote, manojo de llaves, bastón o chuzo, farol y silbato. No todos los uniformes fueron idénticos en todas las épocas y ciudades, pero estos elementos son los más repetidos en las descripciones históricas. Y llevaban silbato, que era especialmente importante en este oficio. Servía para avisar a otros serenos, alertar a la policía o llamar a los bomberos si había fuego.

Fuente: Historia NG

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