Cuando muere un hermano – Josefina Acevedo Cuevas (2)

     Cuando muere un hermano, su sonrisa se nos queda prendida en nuestros suspiros y el cariño que cobijaron sus manos nos abraza de mil maneras…en sus niños escuchamos sus palabras; a lo mejor en el silencio de su perra que siente su ausencia; ese que lo acompañó en tantas de sus andanzas por el campo, o más allá veremos su trompo, ese que guardó como recuerdo porque le traía a la memoria el tiempo lúdico de su infancia…

   Cuando muere un hermano, volvemos a recorrer las estaciones a las que tuvimos que llegar en tantas caminatas, en tantas búsquedas que nos hicieron descubrir que estábamos creciendo y haciéndonos adultos…en todo ese recorrido donde juntos fuimos protagonistas de las luces y de las sombras que nos da la vida.

   Cuando muere un hermano, también muere algo de nosotros…nos sentimos disminuidos sin ser capaces de tanto dolor…con ganas de gritar por la impotencia de saber que no lo tendremos de nuevo con nosotros. Pero allá dentro, muy dentro de nosotros, sentimos que su espíritu renace y tiene que cruzar nos habla, nos reconforta y nos cuenta que su alma ya está cerca de la puerta que para ir a su descanso definitivo; allí donde está el lugar que él se ganó por su valentía y coraje para enfrentar la adversidad…por su amor a Dios y a sus hermanos.

   Cuando muere un hermano, sabemos que él estará más cerca de las estrellas y que Dios permitirá que algún día volvamos a encontrarnos para seguir juntos tejiendo el rosario eterno del amor.

Escrito en San Fernando, el 20 de octubre de 2007

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