La muerte del poeta

   Por meses las hojas del poeta estaban blancas y secas, incluso él sentía entrar en aquella blanquecina sequía; las letras se transformaban en polvo, sin poder retener ni siquiera un mísero punto.

   Después de un penumbroso y largo tiempo dibujó una “A”, esta se fue cayendo por la hoja, intento atraparla, levantando su mano y dejando caer con rabia su brazo, intentando clavar la letra con el lápiz, con inusitada violencia; pero la letra cayó igual. Rajó una “D” en mil pedazos, en un intento desesperado por recobrar la cordura. Se recostó en su asiento, tomó una “E”, y con ella, se peinó por largo tiempo.

   Sintió un aire seco, con olor a muerte, que lo empujó hasta el fondo de su largo y oscuro cuarto. Ahí atrapó el primer segundo, lo apretó entre sus dedos y se lo llevó a la boca, entonces masticó el amargor de los jugos del tiempo, llegaron más segundos, como una avalancha, los sintió como agujas, dejando perforaciones refractarias en su piel, intentó una huida desesperada e imposible.

   Pronto llegaron los minutos con su jactanciosa risa, estaban bravos. Raudamente con peso mercurial, las horas, sabía que sería disecado.

Entonces el poeta corrió como un energúmeno directo al escritorio, se elevó juntó a todo lo que existía en aquel claustrofóbico cuarto, quedando suspendido y pronto desintegrado. Sus células enredadas con sílabas y las gotas de sangre con su firma en el cielo raso.

Fue la mejor muerte que el poeta pudo haber encontrado.

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