Rosa Yagán – El último eslabón

    Una vez me enfermé de tanto comer challe. Amanecí con un tremendo dolor de cabeza y mi madrina tuvo que sanarme. Agarró una rama de chaura, la puso sobre mi cabeza, y juuuumm hizo con la boca y la enfermedad pasó. Con ella y con mi mamá salíamos en la chalana a agarrar pájaros cuando estaba oscuro. Nos acercábamos sin hacer ruido a las barrancas y las dos levantaban sus palos con fuego para encandilar los ojos de los challes. Caían varios dentro de la chalana y ahí mismo los mataban.

    Así se alimentaban los antiguos, buscando en la naturaleza lo que podían. Pero eran más sanos que los yaganes de hoy que son tan políticos para comer. No eran tontos. Ni hablar de lo rico que es el lobo chiquitito, bien asado y con sal y otros condimentos. El aceite también es muy bueno. El caiquén de playa se pone gordo cuando pelecha y es muy sabroso para comerlo; también el quetro y el pingüino. Y en el tiempo de verano, siempre había huevos. Esos eran los pataches de los antiguos: ¡quedaban durmiendo de llenos!

    Para mi raza no había nada mejor que encontrar una ballena. Los yaganes recorrían los cerros altos oteando las costas por si alguna varaba en la playa. Las blancas son muy buenas, más blandas que las negras, y tienen mucho aceite. Una vez encontramos una en Wollaston. Habíamos salido a nutriar, mi mamá, mi padrastro, un hermano, una madre loca y yo. Al dar vuelta a la isla Grévy con la chalana, hallamos esa enorme ballena.

    Los mayores dijeron que un cachalote la había asesinado. Los pájaros la estaban picoteando por todos lados, porque son muy rápidos para atacar, pero no estaba hedionda. Aunque encontramos sólo una parte, era bastante para nosotros. Sacamos la carne y separamos la grasa. ¡Qué lindo aceite salía!

Rosa Yagán – El último eslabón – Patricia Stambuk M.

 

 

  

  

 

 

 

 

 

 

 

 

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