

Unos ratones y su verdugo. Cada uno de sus días comenzaba con una cita de amor. Apenas llegado a su angosto laboratorio de la Universidad de California, en Los Ángeles, el doctor Michael Gottlieb, treinta y dos años, un plácido gigante de cabellos rizados y bigote rubio, extrajo de su maletín las golosinas destinadas cada mañana a los compañeros que compartían desde hacía años sus esperanzas y sus frustraciones de investigador. Con gestos lentos, casi religiosamente, cortó las patatas en finas rodajas para ofrecérselas a sus ratones. Michael Gottlieb poseía más de doscientos cincuenta, todas hembras, todas oscuras y tan gordas que se las podría confundir con pequeñas ratas. Él las llamaba sus «princesas». Pertenecían a la aristocracia de la especie, el famoso linaje C3H, producto sin fallos de varias generaciones de selección genética: unos ratones tan inteligentes, tan cooperativos, tan fáciles de manipular que inspiraban amor y respeto.
Y, sin embargo, cada día, Michael Gottlieb martirizaba, mudaba, sacrificaba a algunos de aquellos atractivos mamíferos que eran objeto de sus tiernas atenciones matinales. Bombardeaba con rayos mortales su bazo, su médula, su timo, sus ganglios, esos órganos que, tanto en el ratón como en el hombre, fabrican o almacenan las células encargadas de proteger el cuerpo contra las agresiones exteriores. Esas células, llamadas glóbulos blancos o linfocitos, son los soldados guardianes del organismo. Se movilizan en cuanto aparece un agente extraño, no sólo si se trata de un microbio o un virus, sino también cuando se implanta un injerto para reemplazar un órgano que falla. Al infligir tales suplicios a sus ratones para destruir su sistema inmunitario, Michael Gottlieb trataba de descubrir la forma de neutralizar con seguridad en el hombre los fenómenos de rechazo que hacen todavía tan aleatorios los trasplantes de órganos.
Su especialidad, la inmunología, era el estudio del mayor problema del hombre: su capacidad para defenderse de los enemigos taimados e invisibles que amenazan su cuerpo permanentemente. Esta disciplina, en pleno auge en aquel comienzo de los años 80, no era, sin embargo, totalmente nueva. Desde hacía ya dos siglos, se sabía gracias al inventor de la vacunación Edward Jenner, gracias a Louis Pasteur, Robert Koch y tantos otros científicos, que el cuerpo humano está dotado del poder de defenderse a sí mismo. Pero los mecanismos que mandan y controlan ese sistema de protección resultaron ser tan sofisticados, tan complejos, que hubo que esperar al nacimiento de la inmunología celular en la última mitad del siglo XX para comenzar a penetrar en sus secretos. Los instrumentos de esta conquista se parecían más al arte culinario que a la ciencia pura. En realidad, los inmunólogos abrieron, en los años 60, unos campos de investigación insospechados al encontrar el medio de hacer crecer las células en el laboratorio, de cultivarlas, de mantenerlas con vida.