

No hay que desechar los consejos de gente sabia. Harvard, la primera universidad del mundo cuenta en su tradición docente cuatro principios básicos para alcanzar la excelencia en la vida profesional. Estos son; familia, amigos, trabajo y fe. Asegura esa casa de altos estudios que si sus alumnos quieren alcanzar un alto grado de satisfacción o realización, como le llaman los sicólogos, hay que tener la mente y el corazón puesto en estos cuatro pilares, sin cuyo firme establecimiento, la vida puede desestabilizarse. Albert Einstein proponía un quinto pilar que es tal vez una derivada del factor trabajo formulado como curiosidad intelectual e imaginación creativa.
Ser miembro activo de la propia familia proporcionará una estabilidad emocional a lo largo de toda la vida; padres, abuelos, hermanos, hijos, nietos facilitan el primer grado de una vida equilibrada, donde el amor, la cooperación y el sentido de pertenencia anclan al ser humano a lo más cálido y significativo de la humana convivencia. Es un lazo permanente que no debe nunca extinguirse, abandonarse o mostrar indiferencia ante él.
La amistad es reconocida en todo tipo de literatura y en las escrituras sagradas de todas las religiones como un tesoro digno de ser conservado, fomentado y ampliado dentro de las posibilidades que la relación humana nos permita u ofrezca. Una persona sin amigos terminaría por ser un monstruo introvertido. La amistad, junto a la familia, es gran resorte de equilibrio emocional que todo ser pensante y sintiente necesita como condición indispensable de supervivencia.
El trabajo como tarea de perfeccionamiento científico, técnico y cooperativo nos hace seres útiles a la sociedad, devolviéndonos en forma de salarios o ganancias una dosis de tranquilidad que hace condigna y grata nuestra tarea cotidiana. El trabajo nos hace sentirnos creadores de la fortuna que nos aportará los medios hoy y mañana para satisfacer no solo nuestras necesidades corporales, sino también espirituales. El trabajo en libertad y hecho con vocación y entrega nos hace dignos de gozar y compartir el esfuerzo y la adquisición de lo útil, de lo necesario y de lo bello.
Finalmente, el pilar de la fe o de la espiritualidad o del sentido final de toda existencia humana nos lleva en alas de la trascendencia hacia el destino que llevamos impreso en nuestras mentes y en nuestros corazones. La fe no es otra cosa que la mirada de altura que nos da el sentido final de toda nuestra existencia en la familia, en los amigos y en el trabajo. Comparto los pilares de Harvard. Calzan plenamente en el ideal cristiano que celebramos en Navidad y en las pascuas de Resurrección y Pentecostés.