

Los Juegos Olímpicos eran cosa de hombres
La restauración de los Juegos Olímpicos en la era moderna, con los de Atenas 1896, no solo no contempló la presencia de mujeres, sino que incluso la impidió. Tal fue el caso de la joven Stamata Revithi, a quien no se le permitió tomar la salida en la maratón. La joven ateniense la cubrió en solitario al día siguiente, prohibiéndosele el acceso al estadio y negándosele la acreditación de la gesta. Como es sabido, el fundador del COI, Pierre de Coubertin, pese a ser un convencido innovador en cuestiones relacionadas con la educación, era también muy conservador con respecto al estatus social de su época, y por ello se opuso firmemente a que las mujeres compitieran en los juegos: «El deporte femenino no es práctico, ni interesante, ni estético, además de incorrecto». Famosa es también su frase: «El papel que la mujer debería desarrollar en los juegos es el mismo que habrían desarrollado en la Grecia antigua: coronar a los vencedores». Sin embargo, en los juegos de París 1900 se permitió que, de forma testimonial, las mujeres compitieran en golf y tenis, siendo la británica Charlotte Cooper la primera campeona olímpica de la era moderna. En los de San Luis 1904, la única prueba con participación femenina fue el tiro con arco, que se mantuvo en los juegos de Londres 1908, en los que retornó al tenis y se incorporó el patinaje artístico sobre hielo, disciplina que se trasladaría luego, por su naturaleza, a los Juegos de Invierno.
Aquel mismo año se abordó, por primera vez, la presencia de la mujer en el programa olímpico, aprobándose la incorporación de la gimnasia, el tenis y la natación —incluyendo los saltos— para la edición de 1912 en Estocolmo y que se mantendría en los de Amberes 1920. En un cuarto de siglo, la presencia de la mujer en los juegos había quedado limitada al exiguo 2,9% que suponían las sesenta y tres participantes en Amberes 1920. Esta época está marcada por el sufragismo, movimiento que reivindicaba el derecho de la mujer a votar y participar en la elaboración de leyes. El derecho del sufragio universal sentó sus precedentes en los países escandinavos y, tras la Primera Guerra Mundial, comenzó a generalizarse en varios países europeos y americanos.