

Son muchos los que siguen viendo en el deporte una muestra de barbarie, algo que debería ser relegado a la marginalidad teórica. De hecho, abundan los intelectuales renuentes a tratarlo en serio. Fácilmente podemos asociar el deporte a masas enardecidas por pasiones burdas. Esta podría ser una de las razones por las cuales ha sido subestimado en ámbitos académicos. Entre sus más conspicuos detractores se encuentran eminentes hombres de letras: todos ellos lo han asociado con la ramplonería social o el embrutecimiento moral. Así, por ejemplo, Oswald Spengler lo vinculó con la decadencia nihilista de los tiempos modernos. Los guardianes de la alta cultura tienden a referirse al deporte en términos apocalípticos, no entienden que pueda producir un interés ético o educativo. Todo ello está vinculado con una tradición filosófica —muy marcada por un dualismo espiritualista— que ha postergado y silenciado nuestra dimensión corporal.
Son pocos los pensadores que han valorado el deporte en su justa medida. José Ortega y Gasset fue uno de ellos. De hecho, el divorcio entre la teoría y el deporte ha sido uno de los distintivos de nuestra civilización. Con muchísima frecuencia ocurre que los estudiosos pasan de largo ante el deporte, al mismo tiempo que sus protagonistas no reflexionan sobre su actividad. La verdad es que no es fácil encontrar intelectuales en el mundo del deporte y deportistas entre los intelectuales. Como dijo Pasolini: «Los deportistas están poco cultivados, y los hombres cultivados son poco deportistas. Yo soy una excepción». Sin embargo, a pesar de todas las invectivas que pueda haber recibido, algunos nos declaramos deportófilos. De hecho, uno de mis ideales consiste en cultivar la mente y el cuerpo. Addison escribió: «Leer es para el cerebro lo que el ejercicio es para el cuerpo».
El punto de partida de mi relación filosófica con el deporte fue la Ética a Nicómaco. Tras leerlo, me percaté de que el deporte es una formidable metáfora de la vida. Aristóteles nos dice que vivir humanamente exige plantearnos una meta final, un télos. De un modo muy parecido al del arquero que apunta a determinado blanco, debemos proponernos un fin para así dirigir nuestra conducta. Esto significa que nuestra vida supone un esfuerzo permanente, algo muy similar a una noble disciplina deportiva que puede resumirse en el siguiente imperativo: «¡Hombres, sed buenos arqueros!».
Según Lledó, la flecha es la vida cuya andadura dibuja el sentido de una trayectoria. Lo importante es el impulso que mueve nuestra existencia, la orientación que perfila el recorrido y la energía que la constituye. Télos no significa tanto «finalidad» como «cumplimiento», «plenitud», «consumación», «madurez». Aristóteles nos invita a trazar nuestro camino (homo viator) de acuerdo con un fin último o bien supremo (felicidad o eudaimonia). No en vano la vida humana es, en esencia, un proyecto dinámico (de dynamis, «fuerza», «poder» o «capacidad»).
Fuente: Ética del deporte Guillem Turró O.