

Pero, bueno, ustedes ¿por qué se creen que era «Campeador» el Cid Campeador? ¿Porque le gustaba hacer barbacoas en campas? No, hijucos, no, es que el Cid era un deportista. Uno de los buenos, de los legendarios, de los que salen en reportajes bien gordos del Marca, de los que hablan con Ibai, de los que poseen su línea de ropa interior. En la Edad Media había calzoncillos, aunque lo normal era vestir una camisa o túnica muy larga con faldones a los lados; ante movimientos bruscos, anudaban esos faldones por entre los muslos, a modo de pañal. Poco estético, muy práctico. (No imaginan a LeBron James con eso, ¿verdad?)
Pero, a lo importante…: nuestro caballero de Vivar debe el sobrenombre a su actividad deportiva. O sea, algo de espesor. Durante milenio y pico (entre que a los romanos se les cae el tema y los ingleses empiezan a reglamentar) lo del deporte o similares fue cosa de grandes muchedumbres y pocos protagonistas. Linajudos y soberbios, eso sí.
Porque eran quienes tomaban parte en los torneos, los cuales eran cosa seria. Muy seria. Mogollón de seria. Vamos, que había allí más bajas que en una París-Roubaix. Estos eventos podían prolongarse durante semanas, y consistían en competiciones inmensas por bosques, predios rústicos e incluso pueblines, donde dos «equipos» reproducían entre sí el arte de la guerra con todos sus elementos, lo que incluía asedios, asaltos, emboscadas, huidas de chirigota y sangre. Bastante sangre. A los choques entre ambas facciones se les llamaba mêlée (sí, como las del rugby), y tenían mucho de caballeresco y algo más de troglodita, porque no era infrecuente derivar en hostiones tan gordos como los que se pretendían reproducir. Claro, si pones a un montón de paisanos sudando testosterona y con armas cerca, por muy apellido compuesto que gasten… Quizá por eso las mêlée fueron declinando en favor de justas o duelos, disciplinas mucho más controladas, con dos caballeros exhibiendo galantería, luchando por el honor de damiselas (no siempre contentas con ese asunto), trasegando azahares y respirando ripios melosos, perfectos cuadros del amor cortés y la masculinidad mal entendida. Habría excepciones, claro, pero…
Tampoco es que fuese siempre de esta forma, ojo. Digamos que para la Baja Edad Media habían llegado a Europa el Derecho Común, las universidades y cierto canguele con el tema justas. Vamos, que esos «juegos» estaban capaos, convertidos en espectáculos cuquis donde (casi) nunca había vísceras desparramadas, sangre y olor a intestinos que se vacían. Representaciones huecas, las más de las veces, porque el armazón estético y dramático que acompañaba al asunto (mira qué guapo va el conde no sé quién, no veas la armadura del marqués de no sé cuánto) tenía casi tanta trascendencia como la competición misma (un poco como la NBA, para entendernos). El ciclo artúrico trae culpa, pues era (sigue siendo) tan atractivo narrativamente, y tan potente en lo visual, que todos querían imitarlo. Así que… mutación. Las justas se convirtieron en una dramatización: a veces había más texto que hostias, a veces reproducían batallas lanzarotianas donde todo estaba guionizado. Curiosamente, en la isla de El Hierro (que está muy cerca de Lanzarote, aunque cae a desmano desde Lancelot) se conserva hoy una modalidad de lucha «incruenta» con palos, que tiene más de danza que de agresión (aunque durante la dictadura la prohibieron, porque esos palos…, en fin, hacen dañito). Algo realmente hermoso de ver, lo prometo.
Hay que añadir a lo anterior que hubo innovaciones para asegurar mejor la integridad de los concursantes. La barrera en justas, por ejemplo, que hacía imposible ver choques fortuitos entre contendientes. O unos arneses que conferían más protección. O armas à plaisance, que es una expresión muy pija para decir que habrá lanzas sin punta, espadas cero afiladas y mala leche desmochada. Vamos, que era un paripé como el Pressing Catch de los años noventa.
Fuente: Principes y esclavos