La diplomacia en América Latina

What is this? —preguntaban los turistas.

Balmaceda sonreía, disculpándose, y negaba con la cabeza. Él llevaba, como todos, guirnaldas de flores en el pescuezo, anteojos de sol y camisa con palmeras, pero estaba todo empapado de sudor por culpa de un paquete muy pesado.

Parecía condenado a carga perpetua. Había intentado abandonar el enorme bulto en el baño de un hotel de Manila y en el mostrador de la aduana de Papeete; había intentado arrojarlo por la borda del barco y había intentado olvidarlo en varios frondosos parajes de las islas del archipiélago de Tahití. Pero siempre había alguien que lo alcanzaba corriendo:

—¡Señor, señor, que se ha dejado algo!

 Esta triste historia había empezado cuando el dictador Marcos invitó al dictador Pinochet a visitar las Filipinas. Entonces la cancillería chilena había enviado un busto en bronce del general O’Higgins desde Santiago a Manila.

Pinochet iba a inaugurar esa efigie del prócer nacional en una plaza central de la ciudad. Pero Marcos, asustado por las furias de su pueblo, canceló súbitamente la invitación. Pinochet tuvo que volverse a Chile sin aterrizar. Entonces el funcionario Balmaceda recibió categóricas instrucciones en la embajada chilena en Manila.

Por teléfono, le ordenaron desde Santiago:

—Basta de papelones. Deshágase de ese busto como pueda. Si vuelve a Chile con él, pierde el empleo.

Crónica de la ciudad de Quito

En las manifestaciones de izquierda, desfila a la cabeza. Suele asistir a los actos culturales, aunque lo aburren, porque sabe que después hay farra. Le gusta el ron, sin hielo ni agua, pero que sea cubano.

Respeta los semáforos. Camina Quito de punta a punta, al derecho y al revés, recorriendo amigos y enemigos.

En las subidas, prefiere el ómnibus, y se cuela sin pagar boleto. Algunos choferes le tiran la bronca: cuando se baja, le gritan tuerto de mierda.

Se llama Choco y es buscabronca y enamorado. Pelea hasta con cuatro a la vez; y en las noches de luna llena, se escapa a buscar novias. Después cuenta, alborotado, las locas aventuras que viene de vivir. Mishy no le entiende los detalles, aunque le capta el sentido general.

Una vez, hace años, se lo llevaron muy fuera de Quito. La comida no alcanzaba, y resolvieron dejarlo en el lejano pueblo donde había nacido. Pero volvió. Al mes, volvió. Llegó a la puerta de su casa y se quedó ahí tirado, sin fuerza para celebrarlo moviendo el rabo, ni para anunciarlo ladrando. Había andado por muchas montañas y avenidas y llegó en las últimas, hecho una piltrafa, los huesos a la vista, el pellejo sucio de sangre seca. Desde entonces odia los sombreros, los uniformes y las motocicletas.

El Estado en América Latina

Hace ya unos años, añares, que el coronel Amen me lo contó. Resulta que a un soldado le llegó la orden de cambiar de cuartel. Por un año lo mandaron a otro destino, en algún cuartel de frontera, porque el Superior Gobierno de Uruguay había contraído una de sus periódicas fiebres de guerra al contrabando.

Al irse, el soldado le dejó su mujer y otras pertenencias al mejor amigo, para que se las tuviera en custodia.

Al año volvió. Y se encontró con que el mejor amigo, también soldado, no le quería entregar la mujer. No había problema en devolver las demás cosas: pero la mujer, no. El litigio iba a resolverse mediante el veredicto del cuchillo, en duelo criollo, cuando el coronel Amen paró la mano.

—Que se expliquen —exigió.

—Esa mujer es mía —dijo el ausentado.

—¿De él? Habrá sido. Pero ya no es —dijo el otro.

—Razones —dijo el coronel— Quiero razones.

Y el usurpador razonó:

—Pero coronel, ¿cómo se la voy a devolver? ¡Con lo que ha sufrido la pobre! Si viera como la trataba este animal… La trataba, coronel… ¡como si fuera del Estado!

   

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